No pretenden estas notas abordar los asuntos tributarios y fiscales, aquellos que dejaron claro la ausencia del direccionamiento del país, la cual puso de manifiesto la arrogancia y la ortodoxia furibunda de los denominados econos.
Repasar la historia de cómo reaccionan los países en sus momentos más decisivos ante las crisis, Jared Diamond lo expresa con claridad. Los que mejor han sorteado las dificultades son aquellos que han sido honestos en su diagnóstico, identificaron de manera objetiva sus debilidades, aceptaron la ruta del cambio y emprendieron un camino de ajuste social e incluyente, al tiempo que reconocieron la fragilidad de la institucionalidad; lo cual era definitivo para la estabilidad y el buen futuro de estas naciones, entre ellas Finlandia, Suecia, Dinamarca y Noruega.
Nada de esto sucede en nuestro país. Los discursos se apartan del estado del arte del contexto social de Colombia, hablamos de la reactivación, de los indicadores sobresalientes y del gran salto al futuro y mientras esto sucede, el entorno se oculta bajo un manto de distracción lingüística, del que tanto hemos aprendido por estos días.
Una breve revisión de los datos macro y su comparación con otras naciones, nos sorprende cómo Colombia tiene uno de los salarios medios más desiguales del mundo, al tiempo que Suiza, Islandia y Dinamarca ocupan los primeros lugares, justamente aquellas naciones que en su momento fueron honestas en su diagnóstico para emprender el cambio; esto lamentablemente no ocurre en nuestro país.
Los reclamos actuales son la acumulación de años de desigualdad e injusticia social, una nación en la que ser joven es una fatalidad, en donde la falta de oportunidades y la escasa generación de ingresos permea a los estratos más bajos; no obstante continuábamos confundiéndonos con el mal llamado crecimiento económico; por supuesto que sí, expresado este en una mayor concentración de la riqueza; sin embargo, los indicadores del desarrollo económico se mantenían a la zaga; una definición correcta sería haber reconocido que teníamos una crisis en desarrollo sin atender, estábamos atrapados en la sumatoria de micro mundos individuales, distantes del reclamo social en incubación.
El sentimiento social es evidente, entre la frustración, la incertidumbre, el miedo y la rabia colectiva, suman el 81% del total de una sociedad que se siente desolada, una cifra más que reveladora.
Los datos de desempleo son parciales en su estadística, el verdadero paro se encuentra en la informalidad que se acerca al 50% y en la pérdida real de los ingresos. En Cali lo expuesto por el sacerdote Jesuita Francisco de Roux Rengifo, aludió a un registro escalofriante, el 20% más necesitado de la población perdió más del 50% de su ingreso, mientras que el 20% de la población más pudiente tan solo vieron afectados sus ingresos en un 8%; una brecha social que se agudizó durante la pandemia.
Mientas esto sucede, al cierre del primer semestre en sendos comunicados algunos bancos anunciaban que sus utilidades crecían a un ritmo superior al 60% y de igual manera otros conglomerados económicos divulgaban sus resultados tasados estos en billones de pesos; una contradicción de la mayor complejidad.
Como lo expresé en el escrito “Gérmenes de Acero”, elaborado en Mayo del 2020, nos encontramos frente a un nuevo contrato social en desarrollo y plasmaba lo siguiente:
“La ecuación de riqueza; la polaridad entre el 1% dueños de la fortuna universal y un escenario de necesidades crecientes y carentes de oportunidades, no son factibles en el resto de la historia que nos espera por construir; es parte de la génesis de la indignación actual”
Mientras estas notas se escriben, se publica con gran despliegue el informe de las primeras mil empresas del país y recalca el amorfo, éstas representan el 70% del PIB, asunto que subrayan como una gran fortaleza de las empresas colombianas. Por supuesto allí reside el crecimiento, el monopolio de la riqueza.
Lo incauto de las declaraciones que acompañaron la reseña, es cuando se refieren a la resiliencia del sector comercio que reporta a la SuperSociedades, el cual reveló que las utilidades del mismo crecieron en un 47.7%, en virtud a la flexibilidad del mismo y al reacomodo de sus estrategias; mientras del otro lado del balance, aquel que recoge la información de la realidad país, registraba el cierre de más de 40.000 establecimientos de comercio; esto no es decoroso con la situación que nos apremia y mientras ésta noticia se difundía, el Congreso en su incuestionable vivacidad, aprobaba leyes aumentando el gasto público de manera horripilante y desafiante con el ambiente social y de pobreza que nos rodea.