UN CANDIDATO DE EMERGENCIA

POR: Luis Guillermo Velásquez López
MPEP. Pensamiento Estratégico y Prospectiva Empresarial

Colombia un país de marrulleros, al menos es la percepción que tenemos de la clase política; esa que ha carcomido la confianza de la sociedad.

Se define marrullero a esas personas que buscan su beneficio propio a través del engaño, el disimulo o la persuasión, que aparentan amabilidad y buenas intenciones, para beneficiarse de algo o conseguir cierta cosa; nada más cercano a la realidad política de la actualidad.

Ya tenemos más de treinta candidatos, que en el partidor no suman, pero si es claro que en las urnas restan. Una opinión fragmentada y lejos del contexto social no convence a los electores y un candidato con un escaso 15% de aceptación; no sería sorpresa al momento de la elección lo sabemos, no obstante, los candidatos insisten en el camino de la marrullería.

Es circense la parodia cotidiana. Una rápida mirada a los expresidentes nos pone de manifiesto la crisis en torno a lo fundamental; cenizas de un pasado nos quedan en la memoria, egos, peleas, acusaciones, posiciones y amenazas entre los más ilustres por su investidura, nos muestran un panorama desolador; que no contribuye a la consolidación de una democracia ya de por sí débil y amenazada.

En los aspirantes a la presidencia la situación se repite. El debate sobre lo fundamental está desatendido, el discurso se ha traspapelado y de nuevo caemos en lo mismo, posiciones personales, desacreditaciones, acusaciones, declaraciones protagonistas y escuetos comunicados en las redes sociales, nos colman de desesperanza e indignación. Sin duda, la sociedad demanda atención a sus múltiples dificultades; un futuro sombrío que reclama soluciones. Por este camino solo se fortalece a ese escaso 15%, que lidera las encuestas.

No sentimos liderazgo, la convocatoria a las urnas se siente lejana, ante la ausencia de un debate serio sobre los aspectos fundamentales que nos atañen. La informalidad, la educación, la salud, las brechas sociales, un crecimiento del PIB concentrado en la riqueza y de escasa contribución social, una juventud que demanda espacios de participación y reconocimiento, una corrupción nauseabunda y unos discursos que parecen peroratas cuando éstos son acomodados para disfrazar el entorno nacional, terminan por alejar la confianza ciudadana del país político; una fractura de la mayor delicadeza se disemina por nuestra querida Colombia.

La confianza es parte fundamental de las democracias, sin ésta, en la mente de los ciudadanos y sin convocatoria para construir futuro, los caminos de marrullas nos llevarán a un escenario de difícil retorno y de indignación colectiva.

Pero al final las cuentas no cuadran. Los aspirantes insisten en sus beneficios propios, al tiempo que el entendimiento y la convergencia hacia lo fundamental no hacen parte del debate, sin embargo, ninguno de los candidatos registra más de un 10% de aceptación, al menos es lo que señalan las encuestas por el momento; cuya respuesta a su bajo registro no se encuentra en las indagaciones sobre el caudal electoral; la objeción a los aspirantes es que los palpamos livianos y alejados de la realidad nacional, centrados en vanidades y fines personales, esto es lo que reflejan las consultas preelectorales.

No hay diferencia sustancial en los discursos. La generalidad sobre lo fundamental es la norma y en consecuencia la motivación a las urnas es bastante escasa; mal presagio para una contienda que ya inicia la fase final.

Mientras esto sucede, de nuevo se asoma ese escaso 15% como el gran triunfador de la primera vuelta y para entonces la sociedad despavorida y asustada, centrará su atención en el segundo de ocasión como un candidato de emergencia y la historia se repite, elegimos votando en contra de alguien y no a favor de un programa que nos muestre una ruta de cambio incluyente y de mayor prosperidad social.